El próximo 14 de febrero, Metro Dance Club vivirá una noche memorable con la actuación de Jeff Mills, auténtica leyenda del techno y pionero del sonido de Detroit. Dentro de su gira mundial “Live at Liquid Room 30th Anniversary”, el artista hará una parada muy especial en Bigastro, donde reinterpretará uno de los directos más influyentes que jamás se hayan realizado.
Cuando me enteré de la noticia, no tardé en escuchar en mis cascos aquella obra maestra. Con la emoción en carne viva, me dirigí a la cama con la esperanza de trasladarme en sueños a esa fecha, a ese lugar, a ese momento histórico. Afortunadamente lo conseguí, y esto es lo que recuerdo que aquel sueño:
Entré en Liquid Room aquella noche de 1995 sin saber muy bien qué iba a pasar, pero con la certeza de que algo importante estaba a punto de ocurrir. Tokio ya era una ciudad que vibraba a otra frecuencia, pero dentro del club el tiempo parecía suspenderse. No era solo una sesión más: Jeff Mills estaba a punto de subirse a la cabina.
El Liquid Room no era grande, ni lo necesitaba. El techo bajo, el calor acumulado y la mezcla de sudor, humo y expectación creaban una atmósfera densa, casi física. El público era una mezcla perfecta de respeto y entrega: clubbers japoneses en silencio atento, extranjeros conscientes de estar presenciando algo único, y una sensación colectiva de que aquello no era entretenimiento, sino ritual.
Jeff apareció sin anuncio, sin gesto innecesario. Se colocó detrás de la mesa como un cirujano antes de una operación crítica. No levantó la vista. No sonrió. No necesitó hacerlo. Cuando lanzó el primer golpe de bombo, el mensaje fue claro: esto iba a ser puro Detroit, sin concesiones. El sonido era duro, rápido, preciso. No había espacio para el descanso. Mills no construía una narrativa amable; te empujaba a una dimensión paralela hecha de loops infinitos, hi-hats afilados y secuencias que parecían diseñadas para reprogramar el cuerpo. Cada mezcla era quirúrgica. Cada transición, un latigazo. No había drops evidentes ni momentos de alivio: solo tensión sostenida.
Recuerdo mirar alrededor y ver a la gente bailando con los ojos cerrados, algunos casi inmóviles de cintura para arriba, como si el movimiento naciera directamente del suelo. El techno allí no era celebración: era concentración, trance, resistencia. Jeff Mills no estaba pinchando para gustar; estaba pinchando porque creía en eso, y esa convicción atravesaba la sala como electricidad.
En un momento dado, perdí la noción del tiempo. Podrían haber pasado veinte minutos o dos horas. El ritmo no te daba referencias. Era como estar dentro de una máquina que avanzaba sin freno, perfectamente calibrada. Mills apenas se movía, pero su control era absoluto. Cada vinilo entraba en el momento exacto, como si la sesión estuviera escrita… aunque sabías que no lo estaba.
Cuando terminó, no hubo un gran final. No hizo falta. Simplemente dejó caer el último track, bajó el volumen y se marchó. Sin gestos heroicos. Sin despedidas. El público tardó unos segundos en reaccionar, como si necesitara volver al cuerpo después de haber estado en otro lugar.
Salí a la noche de Tokio con la sensación de haber presenciado algo irrepetible. No un concierto, no una sesión, sino una lección. Entendí que el techno podía ser radical, intelectual, físico y espiritual al mismo tiempo. Que no necesitaba adornos. Que podía ser una declaración de principios. Y supe, sin duda alguna, que había estado en el lugar correcto, en el momento exacto de la historia del techno.